Lezama: El pueblo separatista de la ruta 2

miércoles, 29 de julio de 2009

Por Juan Morris - Revista Newsweek.

Todos pasamos alguna vez por Lezama, casi sin darnos cuenta, a ciento y pico de kilómetros por hora, en auto, en micro, apenas una interferencia en ese paisaje invariable y chato al costado de la Ruta 2, camino a la costa, pasando Chascomús, después de una curva en la que la ruta se ensancha y de pronto atraviesa un pueblo, de pronto ya no. No son más que quince, veinte segundos hasta que vuelve a desaparecer y quedan atrás la plaza central, los negocios, las casas bajas, el puente peatonal que cruza la ruta y del que cuelga una bandera que dice “Partido de Lezama”, la YPF y después otra vez el campo, algunas vacas, soja creciendo hasta el horizonte.

Lezama, que está a 157 kilómetros de Buenos Aires y a 38 de Chascomús, la gran ciudad de la que depende administrativamente y ya no quiere depender. Se hizo más conocido desde que sus habitantes salieron a la ruta, y entonces también en los medios, a pedir la autonomía, ya no pertenecer más al partido de Chascomús, integrar un partido propio, repartiéndoles panfletos a los turistas que pasaban con rumbo a la costa con la sombrilla en el baúl y ninguna gana de que nada los detuviera en su escape hacia las vacaciones.

Desde hace un tiempo, sin embargo, para la gente también es “Ah, sí, el pueblo ese camino a Mar del Plata donde cortaron la ruta, que ahora quiere independizarse”. Y entonces se cae en la cuenta del chiste, que la bandera que cuelga del puente peatonal anunciando el Partido de Lezama es sólo una provocación, porque Lezama es un pueblo, no un partido, y ahí, flameando, es como una bandera pirata que de pronto alguien colgó desafiando la soberanía, simbólicamente.

“Nunca cortamos la ruta”, se defiende Manuel, vecino del pueblo, explicando que en realidad cortaron la avenida principal del pueblo, que está pegada a la ruta, es cierto, pero nunca ocuparon los carriles de la ruta. El último verano, alrededor de 1.000 lezamenses salieron a pedir la autonomía, en una primera demostración de fuerza colectiva, en la que se movilizo nada menos que un 20 por ciento de la población. Y unos meses más tarde fueron por más.

En las elecciones nacionales legislativas del 28 de junio pasado, Lezama volvió a ser noticia. Los lezamenses salieron de sus casas con sus DNI en el bolsillo o la cartera, fueron hasta donde les tocaba votar, hicieron la cola, si había, vieron cómo los fiscales de mesa buscaban su apellido en las letritas minúsculas del padrón, cómo lo tachaban y les daban un sobre, entraron al cuarto oscuro, miraron las boletas, eligieron las de diputados y senadores y cortaron la parte de los concejales, no para elegir a otros sino para elegir a nadie. El 83,4 por ciento votó en blanco a las autoridades locales. Una demostración masiva de manifestación popular sorprendente que hasta ahora sólo había ocurrido en la ficción, en la novela “Ensayo sobre la lucidez”, del portugués José Saramago, en la que un día de tormenta los fiscales de mesa de un pueblo como Lezama esperan horas y horas hasta que llegan finalmente los habitantes a votar y el 82 por ciento lo hace en blanco.

“Muchas veces, desde la dirigencia de Chascomús, decían que esto era una lucha de cuatro o cinco, pero demostración más contundente que ésta de que es una lucha de todo el pueblo, no creo que haya”, asegura Marcelo Racciozzi, dirigente justicialista e integrante de la Comisión Permanente Pro Autonomía de Lezama.

Es un viernes al mediodía y en las calles de Lezama no vuela una mosca. Hay un policía aburriéndose en la puerta del Banco Nación, que como en todos los pueblos está en una esquina. Hay un Falcon y un 207 cargando súper en la YPF, bicicletas apoyadas en las veredas como abandonadas, los negocios cerrados, la siesta insobornable.

La parilla La Plaza, frente a la plaza central, es un amplio salón con muchas mesas vacías, mantelitos cuadriculados de plástico, un estante en la pared con botellas verde fluo y turquesas de vinos espumantes, que son una muestra en escala del futuro, y dos chicas que atienden, sentadas en una de las mesas, mirando una novela colombiana en la que él no quiere acostarse con ella, con la que se casó por obligación, y le grita que nunca van a dormir juntos. En algún momento entra una pareja a la parilla, se sienta en una mesa, esperan, las chicas siguen mirando cómo él no se quiere acostar con ella y la parejita recién llegada se levanta, algo molesta, y se va. Pero ¿qué son cinco minutos en Lezama?

Lezama es otra postal del país que no miramos, que parece detenido en un tiempo muerto o moviéndose a una velocidad imperceptible, con negocios que se llaman como las personas, como la ferretería Juan Manuel, el restaurante Lo de Cora o la casa Rodríguez Deportes, que tiene un logo que es una R atravesada por una llamita olímpica y un perro durmiendo en la puerta. A unas cuadras, sobre el boulevard, dos o tres tipos están terminando de instalar el Entertainment Center, una especie de parque de diversiones ambulante de los ‘60 que gira durante el año por el interior, como un circo, y que estará allí durante tres semanas. Desde la vereda de enfrente, un grupito de chicos mira con seriedad lo que está a punto de ocurrir.

Para las estadísticas: en Lezama hay un cajero automático, una iglesia, una comisaría con calabozos vacíos y relucientes que sólo estrenó algún policía castigado, una sala velatoria y ningún caso confirmado de gripe “A”.

En la esquina de Hipólito Irigoyen e Independencia está el multimedio del lugar, dos cuartos donde funcionan, a la vez, la radio La Nube y el semanario El Espejo. Dentro del estudio, cuelga una bandera que, al igual que la bonaerense, parece hecha hace poco. “Tenemos todo propio, acá”, cuenta Darío Moyano, director de la radio. “Somos muy lezamenses, en todo sentido. Nosotros creemos que no necesitamos nada de Chascomús”. En el escritorio que está a sus espaldas trabaja Belén Casares, que además da clases en colegios de Chascomús. Ella explica parte de la efervescencia general en la que se crían los lezamenses desde chiquitos: “A nadie le gusta que le roben lo que le perteneció: la tierra, la identidad”. Muchos, como ella, ponen en la lucha un componente emocional como la identidad y ven en ese esfuerzo por la autonomía una especie de revancha histórica. “Cuando vos decís que sos de Lezama, te dicen: ‘¿De dónde? ¿Parque lezama? ¡Ah no!, ese pueblito que queda cerca del distrito de Chascomús”.

En la puerta de algunos locales y en algunas paredes se ven pintadas con la consigna de la autonomía. Se respira un poco el aire efervescente de Gualeguaychú y su lucha contra Botnia, que unió a la gente.

Sin embargo, es raro pensar que un pueblo se pueda movilizar tanto por una victoria simbólica como la de ser partido. ¿Quién puede querer ser distrito sólo por el hecho de serlo? ¿Para qué querrían ser independientes? “Los nacimientos son en Chascomús. No tenemos una sala de parto, no puede nacer nadie acá, salvo que alguien muy apurado dé a luz en la ambulancia”, dice Moyano. Y cuenta que una vez un director de salud de Chascomús, en los ‘90, declaró que era más barato poner un helicóptero para las parturientas que una sala de partos en Lezama. “Nosotros le hablábamos de una cuestión de identidad. Queremos que los chicos nuestros nazcan acá. En ese tipo de cosas…”, explica el dueño de la FM. Pero hay razones más concretas. “En el quehacer diario nosotros no tenemos decisión propia para nada. En Chascomús son 30.000 habitantes, por lo tanto, primero van a hacer todo ellos y después, si sobran dos monedas, vamos a hacer algo nosotros acá. Así es con todo. Si hacen cincuenta cuadras de asfalto, nosotros vamos a tener dos. Para que se instale una industria dependemos de lo que decida Chascomús. Los concejales son dos nuestros y doce de ellos”.

Julio Alfonsín es sobrino lejano del ex presidente —primo de los Alfonsín que desde Chascomús militan contra la escisión de Lezama como partido—, y uno de los responsables de diseñar, junto a otros legisladores provinciales, un proyecto de ley que busca enmarcar la autonomía del pueblo. “Preferimos decirle restitución histórica, porque es algo que ya tuvimos alguna vez”, aclara. Y después enumera las dos razones principales: disponer de recursos propios, porque esta zona genera recursos y obtiene otros de la Provincia de Buenos Aires, pero no se administran directamente aquí. Y segundo, elegir las propias autoridades, porque según el régimen municipal, en Lezama se vota intendente, que luego designa el delegado municipal para el pueblo.

Esta lucha tiene una historia que se remonta a dos siglos, cuando Lezama todavía se llamaba Manuel José Cobo y sus habitantes, en otro gesto de su tozudez, le habían agregado un segundo apellido al señor Cobo, el de la estación de tren, que les gustaba más. Y a partir de ese momento se llamaron Manuel José Cobo Lezama, y con el tiempo sólo Lezama.

Los lezamenses sueñan con un pasado mejor en el que eran libres y soberanos dentro de su partido: un pasado fugaz que en los papeles duró treinta años y que en la práctica fue sólo uno, porque hasta que se constituyó administrativamente como partido pasaron años y años. Pero a nadie le importa demasiado ese detalle. Para ellos hay una verdad histórica: entre 1865 y 1894, Lezama fue un municipio, que se llamó Viedma, y esa libertad les fue arrebatada.

Por entonces hubo una fuerte presión de los ganaderos de la zona. Eran, sobre todo, conservadores que lograron el objetivo de voltear ese partido que nacía. A esos terratenientes les quedaba más cómodo hacer las gestiones administrativas en la ciudad de Chascomús, porque tenían campo acá, pero vivían en la Capital Federal.

Desde entonces, en Lezama se transmite de generación en generación el gen de la lucha independentista, como parte del ADN de la identidad de los lezamenses. “Los antecedentes de esta gestión se remontan a 1925, que fue la primera vez que después de extinguido el partido, comienzan los movimientos. Y después se repiten cada diez años”, explica Julio Alfonsín.
En 1973 estuvieron a punto de conseguirlo. La cámara de diputados provincial había votado el proyecto y faltaba el senado, que nunca lo trató.

Después vino la dictadura, y cualquier movimiento que osara llamarse independentista corría el riesgo de ser malinterpretado y confundido con subversión, así que la restitución histórica se suspendió durante esos años. Y recién en los ‘90 volvió a encenderse la llama, con la creación de la Comisión Permanente Pro Autonomía, en 1994.

Y, como si se tratara de un organismo de contrainteligencia, hace un tiempo, en Chascomús, algunos dirigentes crearon la Comisión por el Fortalecimiento de la Integridad del Partido de Chascomús, o COFIP. “Con la división territorial el grueso de la población quedará de nuestro lado, más las mayores necesidades sociales, pero las principales tierras se van para el nuevo partido de Lezama”, se queja Miguel Medici, integrante de la COFIP.

Pero Lezama nunca estuvo tan cerca de ser independiente como ahora. Se hicieron estudios geográficos y económicos, a cargo de Horacio Bozzano, geógrafo de la Universidad Nacional de La Plata y el CONICET, que avalaron el proyecto.

Aunque no es la primera vez que están a punto, que casi lo logran, que ya casi y después como tantas veces se les termina escapando, lo cierto es que hoy, el proyecto diseñado por Julio Alfonsín y un grupo de legisladores ya fue aprobado en diputados, aprobado por unanimidad con algunas modificaciones en el senado y ahora, la ansiada libertad, ese pasado añorado de autodeterminación, depende sólo de que en diputados de la provincia aprueben esas cuatro modificaciones. Entonces, sí, Lezama será municipio.

Mientras tanto, en Sierras Bayas surgió otro foco autonomista, que pretende independizarse de Olavarría. Para ellos, Lezama podría ser un caso modelo para replicar. Un horizonte, un ejemplo.
En Lezama, la Cooperativa, de la que casi todos los habitantes son socios, provee de luz, gas, Internet, cable, cloacas y más. Bastante más. Para Marcelo Racciozzi, dirigente del PJ del pueblo, esa lucha fue la forma de generar una identidad fuerte, que pasó de generación en generación. “Quizás esto tenga mucho que ver. Hay una lucha que nos une, nos reúne. El tratar de fortalecernos ante las debilidades que nos presenta el sistema”. Y en ese sentido, la Cooperativa es una muestra de eso, un reflejo del pueblo, que se fortalece a través de esa institución, para lograr, mancomunadamente, lo que no pudo lograr, quizás, políticamente, al no tener instituciones de ese tipo.

“Y esta lucha seguramente tiene que ver con eso, nos convoca a todos, sin distinción ni banderas políticas, tratando de lograr un fin que también va a ser un inicio. Porque nosotros siempre decimos que esta lucha, que tiene tantos años, nos va a implicar después un gran desafío”.

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