Testimonios de una guerra absurda

sábado, 2 de abril de 2011

Por Luis Lugones*

El fracaso de las fuerzas armadas argentinas durante la guerra en las Islas Malvinas, en 1982, produjo como consecuencia una profunda decepción en el pueblo que se había volcado a las calles en apoyo a la pretendida soberanía nacional sobre ese territorio, y a los soldados que lucharon en el frente.

A esa desesperanza popular se sumó el reclamo permanente por los detenidos durante el régimen cívico-militar y la crítica situación económica, factores estos que precipitaron la apertura democrática al año siguiente.

Tres meses antes al desembarco insular -el 22 de diciembre de 1981- asumió el presidente de facto Leopoldo F. Galtieri, en ese periodo como corolario de la política económica de la dictadura la deuda externa alcanzó los 36.000 millones de dólares junto con una inflación galopante y la eliminación de miles de argentinos en los centros de exterminio y tortura. En este marco el descontento se exteriorizó en cinco manifestaciones, tres de ellas organizadas por familiares desaparecidos, entre marzo y abril de 1982. La Confederación General del Trabajo marchó bajo el lema Paz, Pan y Trabajo, la convocatoria encabezada por Saúl Ubaldini reunió a cincuenta mil trabajadores y jóvenes, y fue brutalmente reprimida el 30 de marzo de ese año.

Ante esta situación la idea de los militares de perpetuarse en el poder tomó forma mediante el proyecto de recuperación de las Islas Malvinas, con el objetivo de reestablecer la firmeza que el régimen estaba perdiendo por las expresiones en su contra de la sociedad civil. La cuestión impactó en la sensibilidad nacional por el rescate de esas tierras irredentas siempre reclamadas. El desembarco en las islas administradas por los ingleses fue el 2 de abril de 1982, como era de esperar esta noticia produjo conmoción en el país y también optimismo en la opinión pública. La historia es conocida: Gran Bretaña movilizó a sus tropas al Atlántico Sur, el 15 de junio fue la rendición argentina y como resultado dos días más tarde renunció Galtieri.

La propia dictadura militar analizó la inoperancia de las tres armas durante el conflicto, como base del proceso ante el tribunal castrense que dictó sentencia 1987, y produjo el “Informe Rattenbach”1, donde en una de las conclusiones expresó que “Los procedimientos adoptados por la Junta Militar condujeron a la Nación a la guerra sin una adecuada preparación, contradiciendo normas esenciales de planificación y engendrando así errores y omisiones fundamentales que afectaron la orientación estratégica militar y la coherencia de la planificación contribuyente. Todo ello constituyó una causa decisiva de la derrota”.

Según relataron los periodistas ingleses Paul Eddy y Magnus Linklater del “The Sunday Times”, en el argot del contingente naval británico había tres apodos, porque era natural intentar rebajar al enemigo, para referirse a los argentinos: “argies”, “come-porotos” por la afición nacional a las habichuelas y “spics”. “Pero había el peligro de estimar su valor por debajo de lo real. Y aunque buena parte del ejército argentino, y la mayoría de la marina, resultó tan indecisa como se suponía, fue un error fatal el haber menospreciado a los “come-porotos” de la Fuerza Aérea Argentina”.

En dicho contexto es importante destacar, en el marco de la contienda, el valor de nuestros soldados y rescatar del olvido las historias de vida de esos hijos del pueblo que fueron enviados a la guerra con 18 años, sin la debida instrucción militar, sin los armamentos necesarios para enfrentar a fuerzas enemigas numerosas y equipadas con los últimos adelantos técnicos, sin los alimentos y las vestimentas requeridos para el intenso frío.

Con el tiempo se conocieron detalles conmovedores, como ocurrió con uno de los 649 argentinos que cayeron en esa guerra, de quien no se dio a conocer el nombre. Al respecto el secretario de Cultura y Educación del Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas de La Plata, Mario Volpe4 indicó: “El organismo tiene la certeza de que el chico que aparece muerto en la foto, divulgada en Londres en 1990, era uno de los 36 soldados del Regimiento 7 de la capital provincial que combatieron y murieron en las islas. Ese soldado fue fusilado con un tiro en la cabeza cuando ya había terminado la batalla de Monte Longdon; caso conocido en 1992, tras ser ejecutado a sangre fría por el paracaidista Gary Sturge. Ese crimen nunca tuvo condena”.

Otro asesinato fue el del correntino Rito Portillo de San Luis del Palmar, efectuado por su compañero de armas el cabo segundo Cabrera de un tiro de ametralladora en el pecho, contado por el testigo presencial Germán Navarro del Batallón Antiaéreo de Infantería de Marina de Puerto Belgrano.

También existieron acciones solidarias en medio de la batalla como se puede apreciar a través del testimonio desgarrador de Roque Claudio Zabala, oriundo de Goya, Corrientes, que prestó servicio en la Infantería de Marina de Pereyra Iraola en La Plata, quien relató como fue estaqueado el soldado Sinchicay -no recordó su nombre de pila- de la Provincia de Buenos Aires, acusado de robar una lata de cinco kilos de corned beef por la hambruna sufrida en las islas, por parte del Cabo Lamas y del Guardiamarina del Batallón de Infantería de Marina Nº 5 de Río Grande (BIM5), Carlos Bianchi, según describió Vassel.

Sinchicay fue acostado, atado de pies y manos sobre la turba, el Cabo Lamas ordenó: “Al milico que lo vea que lo asiste a este soldado, le va a hacer compañía” y agregó “tírenle una manta encima”. “…esa noche nevó, esa noche llovió, y nos dieron como en la guerra, caían petardos de todos lados”, relató Zabala, quien describió como desafió a la autoridad para darle agua y comida en la boca, el soldado vivió gracias a su fraternal ayuda.

Walter Benjamin (1892-1940), representante de la escuela frankfurtiana, exigió frente a la historia oficial del vencedor tener siempre presente el punto de vista de la víctima. Al respecto expresó que “La tarea de una crítica de la violencia puede definirse como la exposición de su relación con el derecho y con la justicia. Porque una causa eficiente se convierte en violencia, en el sentido exacto de la palabra, sólo cuando incide sobre relaciones morales”.

Los jóvenes bajo bandera durante esa conflagración fueron considerados por las fuerzas armadas con análoga barbarie que en el continente trataron a los detenidos-desaparecidos, la metodología aplicada en ambas situaciones fue la misma: tormentos, vejámenes y muerte, con el criterio explicitado por Hannah Arendt de deshumanizar al enemigo, por lo cual la justicia federal dictaminó en distintas oportunidades que las torturas a conscriptos en Malvinas son delitos de lesa humanidad10. La herida por esa guerra absurda sigue abierta, debemos honrar a los caídos y a los que combatieron con honor, juzgar a los culpables por aplicar tormentos y estaquear por hambre, y continuar con el reclamo sobre la inclaudicable soberanía argentina en las Islas Malvinas.

*Luis Lugones, vicepresidente del Partido Justicialista de La Plata

0 comentarios: