* Por José Luis De Diego
Lo confieso: fumo. Y no tengo defensa alguna para justificar ese hábito. Un amigo me dice que le molesta el cinturón de seguridad y que por lo tanto no lo utiliza; y le molesta además que su uso sea obligatorio, ya que, al no ponérselo, sólo se perjudica a sí mismo, y no a terceros. Pero con el tabaco no me sirve ni siquiera ese pueril argumento, ya que me perjudico a mí y también a quienes me rodean. O sea, soy parte de esa raza denostada que debe fumar en los baños, clandestinamente, como hacíamos en la escuela; o en las peceras de los aeropuertos, mientras la gente sana te observa con desprecio desde afuera; o en las zonas restringidas de los bares, en esas mesas cómplices en las que nos hacinamos los fumadores, algo así como los leprosos del siglo XXI. Acorde con los tiempos que corren, me repito una y otra vez que debo dejar de fumar, pero no lo hago. No me victimizo: la culpa es mía y de nadie más.
Hace poco vi por televisión a una médica deportóloga. Decía que unos diez años atrás se consideraba que una persona adulta debía concurrir al gimnasio al menos dos veces por semana; tiempo después, ya recomendaban tres veces por semana. Ahora, concluyó, es necesario que vayan cuatro veces. La señora, claro está, defendía su trabajo y alardeaba de su profesión. Y pensé que si esta locura por elastizar el cuerpo sigue así, ya me veo dando clases con ropa deportiva, a los saltitos, mientras explico un soneto de Góngora. Sin embargo, tampoco alcanza, porque para no formar parte del leprosario es menester además extirpar las grasas que sobran; han inventado jeringas que te esfuman la barriga, bisturíes que te acomodan las nalgas, siliconas que te rellenan lo que quieras, estiramientos que te maquillan el pasado.
"La sal no sala y el azúcar no endulza", advertía con razón la canción de Charly García. Pero ahora ni siquiera eso. Porque la sal hay que evitarla porque eleva la presión arterial, y el azúcar ha sido desterrada de las bebidas y de los postres porque engorda. Una publicidad nos quiere hacer creer que un tentador trozo de tiramisú puede ser reemplazado sin más por un desleído yogur cero calorías, una cremita insulsa y raquítica que, más que calmar el apetito, te incita a comer un plato de fettuccini. Los chefs de los ricos pretenden estar a tono con la época. Sirven comidas con un par de ingredientes y los ponen en el plato uno sobre el otro, como formando una torre, para que parezcan más. En una revista vi una de esas torres que tenía en la base un poco de arroz, como sacado de un molde para flan, arriba tres camarones y, coronando el edificio, un ramillete de hojas de lechuga, todo salpicado con unas gotitas coloradas. Por supuesto, ese plato insípido y escaso tenía un nombre francés. El nombre francés tiene una funcionalidad evidente: permite cobrar treinta mangos un plato de tres pesos de costo; pero los veintisiete de diferencia hay quien los paga con gusto con tal de no formar parte del leprosario.
En suma: no podemos fumar, ni comer con sal, ni saborear postres con azúcar, ni pensar siquiera en grasas o fritos, y debemos hacer gimnasia todo el santo día. Si encontrara al médico que dijo que un vasito de vino todos los días hace bien al corazón, le daría un abrazo de aquellos. Es quien, por el momento, ha evitado que me tirara de un octavo piso.
LOS PASTORES
Cualquier proyecto que los políticos elevan al Congreso, cualquier descubrimiento que los científicos dan a conocer a la sociedad, afirma que procura mejorar la "calidad de vida". Nadie sabe bien qué cosa es la "calidad de vida", pero se ha transformado en un lugar común de los discursos, en un ripio, en eso que se agrega cuando no se sabe qué decir, porque parece que queda bien. ¿Es posible definir eso que llaman "calidad de vida"? A ver... (¿vieron que ahora, antes de contestar una pregunta, hay que decir "A ver..."?). En las sociedades modernas se supone que la calidad de vida debería implicar un piso: que los ciudadanos tengan un trabajo y una vivienda, que puedan educar a sus hijos, que cuenten con una adecuada atención de su salud. Cuando uno advierte que cientos de miles de personas no llegan a ese piso, las histéricas apelaciones al yogur descremado y al gimnasio cuatro veces por semana no pueden leerse sino como una frivolidad malsana. Pero como no soy un experto, ni siquiera un aprendiz, en este asunto de la "calidad de vida", sólo se me ocurre explicarlo a través de un ejemplo.
Estábamos con mi mujer en Nájera, una preciosa ciudad en Rioja, España. Comíamos en un bodegón unos memorables pimientos rellenos preparados por Doña Jesusa, la dueña del lugar. Podrán deducir que en Rioja, nada menos que en Rioja, no estaba bebiendo precisamente una Pepsi Max. Había, en el bodegón, sólo otra mesa ocupada. Allí comían dos viejos, esos de boina y bastón. Eran pastores, y uno de ellos agasajaba a su amigo porque cumplía 80 años. Las caras eran un trapo arrugado y los dedos de las manos parecían ramitas de un árbol seco. Hablaban poco, casi para adentro, y recordaban historias del pasado. Jesusa les había preparado cerdo y al final, a la hora del puro y el cognac, les entregó el manjar más preciado: las orejas del chancho. Uno de los viejos se dio vuelta y nos ofreció compartir la degustación. Confieso que nos sentimos orgullosos de ese raro privilegio. No quiero idealizar aquella escena: la vida de esos hombres no había sido fácil. Uno podía adivinar en sus ojos soles de sequía, lluvias impiadosas y sufrimientos sin medida. Pero en ese momento, de amistad serena, de placer compartido, de respetuoso silencio, de pobreza dignificada, de generosidad sin histerias, me mandé un pedazo de las orejas y me convencí, desde entonces y para siempre, de que, al menos para mí, eso que llaman "calidad de vida" no tiene nada que ver, nada, con el colesterol, el tabaco, el azúcar, el gimnasio, la sal, la barriga y el yogur cero calorías.
* Fuente: Diario El Día - dediego_jl@yahoo.com.ar
Calidad de vida
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