Informar en la guerra de los medios

lunes, 28 de septiembre de 2009

Por Claudio A. Jacquelin *

Una gastada frase dice que en la guerra la primera víctima es la verdad. Nadie podría negarle un lugar entre las bajas, aunque es difícil saber en qué orden ubicarla. Lo cierto es que la guerra permite construir muchas frases bonitas y discursos épicos capaces de justificar lo injustificable y de ocultar que, detrás de cualquier supuesta causa justa y escondidos entre un buen número de bienintencionados, siempre se medra y se beneficia una ristra de canallas, disfrazados de héroes.

No es menor, entonces, que la discusión y el tratamiento de la "ley de servicios audiovisuales" que impulsa el Gobierno haya merecido definiciones y calificativos tales como "la madre de todas las batallas", "la guerra de los medios" y otras pretenciosas y peligrosas metáforas bélicas.

No se pretende acá analizar el contenido de la ley y ni siquiera el debate. Sólo se intentan exponer, apenas, las condiciones en que se ha debido desarrollar aquello por lo que los sectores más férreamente enfrentados por el proyecto dicen estar preocupados: la tarea informativa.

Si informar en la guerra es difícil, cualquiera podrá imaginar lo que puede costar hacerlo, siguiendo mínimos estándares de ética y calidad periodísticas, cuando el ámbito de trabajo se vuelve campo de batalla y el objetivo de muchas de las descargas es precisamente su hábitat.

Contar lo que está pasando y evitar que el relato de los hechos esté alterado por lo que uno piensa y siente de esos hechos es una de las exigencias básicas y mínimas que debe respetar todo periodista profesional. Cuando el clima imperante hace que cumplir con esos básicos y mínimos requisitos se vuelva proeza o excepción, resulta difícil suponer que la calidad informativa puede estar a salvo, aunque no hay justificativos para renunciar a preservarla.

El conflicto no es nuevo. Desde hace algunos años, la crispación impuesta desde el poder político, la privacidad de actos que deberían ser públicos, la descalificación de la prensa desde el poder y las negociaciones espurias entre algunos medios y gobernantes vienen minando el espacio donde debe desarrollarse la profesión de informar.

Así, periodistas de investigación se han vuelto partisanos y analistas han devenido en editorialistas, en desmedro del análisis y a favor de la opinión, que siempre es una reducción.

Ya no quedan dudas de que los contendientes no se han preocupado por poner a salvo la pluralidad informativa ni las libertades de expresión y de prensa que tanto invocaron para justificar "la madre de las batallas".

El gran riesgo es que entre las excepciones que impone toda guerra se admita y se haga norma la renuncia a aquellos mínimos requisitos de ética y calidad periodística, que a pesar de todo se ha procurado preservar en algunos medios.

Tal vez entonces los bienintencionados admitan que el necesario debate sobre una ley de servicios audiovisuales no debió haberse convertido en una batalla. Porque, como casi siempre, en las guerras suelen triunfar las intenciones menos santas y beneficiarse unos cuantos canallas.

© LA NACION

Fuente: La Nación

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