Por Ariel Pasini *
La aparición repentina del diagnóstico de salud de la Presidenta despertó tantísimas reflexiones. La perplejidad de tono existencial en primer término. Luego la comprobación curiosa de la similitud con lo que viven otros líderes latinoamericanos: Lugo, Dilma, Lula y Chávez. Demasiadas casualidades para pretender que el azar sea la única causal explicativa de esta conjunción de situaciones personales en cabeza de quienes detentan el liderazgo de América del Sur. ¿Podemos pasar de la reacción emocional a una lectura que aspire a racionalizar este dato impensado de la realidad?
La relación entre lo efímero y lo trascendente ha estado presente desde el inicio de la filosofía, pero toma carnadura histórica y se transforma en política pura. ¿Es posible tener certezas de mediano alcance o la pelea cotidiana no tiene tregua ni sosiego? ¿Sacar el 54% da robustez y firmeza o tiene el valor de un dato que se desvanece en pocos meses? Estas preguntas adquieren otra dimensión cuando las contextualizamos en nuestra propia historia y advertimos que desde 1810 venimos oscilando entre proyectos que se repelen y pujan entre sí, sin que ninguno de ellos logre construir una hegemonía perdurable en el tiempo.
Por ello es que nos preguntamos: ¿es el kirchnerismo un dato episódico y epidérmico o estamos ante algo más? ¿Todo pende de un hilo y queda sujeto a los caprichos insondables del destino o es posible pensar en una estructura que brinde soporte y perdurabilidad a las transformaciones de los últimos años?
La institucionalización de las transformaciones aparece entonces como una necesidad o, más aún, como un imperativo si hemos de pensar en términos de proyección histórica. No sea que el discurso privatista y pro ajuste se encuentre agazapado en el recodo de alguna esquina cercana, esperando la coyuntura favorable para volver con la fuerza destructiva de otrora. Lo que debemos hacer es construir seguridad jurídica: seguridad de que ningún manotazo pondrá coto a los derechos conquistados durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Seguridad de que la política de derechos humanos no tiene marcha atrás. Seguridad de que el endeudamiento irresponsable no volverá a condicionar el futuro de la Nación. Seguridad de que el piso de justicia social alcanzado no será pisoteado por políticas contractivas.
El liderazgo de Cristina y el consenso ciudadano construido alrededor del proyecto nacional y popular son los elementos que nos permiten pensar tanto en la profundización del modelo como en su institucionalización. Un dato de la vida de una persona, en este caso la Presidenta, nos pone frente al abismo de nuestra propia existencia y nos obliga a preguntarnos qué queremos ser y hacia donde queremos ir. Allí surge incontenible la respuesta: somos un pueblo que no quiere volver atrás ni transitar el dolorosísimo camino que hoy viven los países centrales. Somos un pueblo que quiere mantener este ciclo de bonanza económica y que quiere profundizar la democratización y distribución del poder, de la palabra, del conocimiento, del ingreso, de los derechos civiles y de la participación política.
¿Qué hubiera pasado si este contratiempo hubiese acontecido hace apenas unos meses? De algo no hay duda: la situación política hubiese sido más turbulenta y no hubiésemos tenido certeza de la continuidad del rumbo. De ahí en más cualquier elucubración es sólo eso. La Historia, implacable y fatal, ha borrado el apellido de aquel vicepresidente que desertó de su rol, de su mandato popular y de su compromiso político. Pero lo que la Historia no borró fue la enseñanza colectiva formidable que derivo de aquella jornada aciaga signada por la deslealtad y la traición.
Hoy la situación es claramente otra. Tenemos un Vicepresidente comprometido con el proyecto, una fuerza política llena de vitalidad y un pueblo movilizado detrás de la defensa de sus propios intereses. La Presidenta está a buen resguardo, sabiendo que su única tarea es recuperarse para volver con más fuerza. Su contratiempo de salud es afortunadamente una mera anécdota. En el medio están nuestras pasiones, las demostraciones de afecto en vigilias, en las redes sociales, en las oraciones de distintos credos, en la copa levantada a fin de año pidiendo por la salud de quien condensa en un solo cuerpo tantos anhelos y sueños colectivos.
Ideas y proyectos junto con emociones y pasión, son las dos caras de una misma moneda cuando la carnadura de la política tiene que ver con valores, con luchar por lo que se cree justo, con reconocernos en nuestro semejante como parte de un mismo sujeto colectivo. Es todo lo contrario de la pretendida racionalidad omnicomprensiva del proyecto liberal, que a fuerza de escindir las emociones del “mundo de la ideas” termina siendo descarnada, cruenta y devastadora. $0 $0$0 Poner el cuerpo a las propias ideas es una práctica que se remonta al ejemplo de nuestros primeros próceres. Jugarse por entero, no guardarse nada, desafiar la fugacidad aparente de las cosas y anhelar la trascendencia histórica que sólo tienen las causas nobles y justas: ese es el camino para estas jóvenes naciones que pujan por su emancipación definitiva.
* Subsecretario de Relaciones Institucionales de la Jefatura de Gabinete de la Nación.
Fuente: Diagonales.com
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